Lhasa, la capital de un reino prohibido

Lhasa, la capital de un reino prohibido

La sensación de llegar a Lhasa es difícil de describir. Diríamos que es agridulce.

Dulce por su legado histórico. La perla de un reino antiguo, ahora prohibido y sólo accesible mediante permisos especiales. Una ciudad mística envuelta entre montañas, rodeada por un halo de energía; un lugar cuyos colores son más vivos y el aire más puro.

Dulce por un sueño de vida cumplido. La dificultad de alcanzar algo que tantos esfuerzos y tanto tiempo ha llevado, y poder estar finalmente ahí, tocándolo y sintiéndolo.

Agria por la noria que le salta uno a la cara cuando llega desde el tren. Agria por las innumerables banderas de China que ondean desde cada techo de la pequeña ciudad, recordándonos que es el principal vestigio de una invasión injustificada, acallada y así mismo olvidada por el hombre, que no encuentra motivos para rebelarse ante ella.

Agria por la pantalla de plasma gigante que hay frente al Palacio Potala. -¿En serio era necesaria? Egh.-  Agria por el Zara, el Pull&Bear y el H&M que hay alrededor. Agria por la opresión, intangible pero presente.

Y agria porque Potala es ahora un sarcófago, un museo vacío de lo que significaba en la época. Queda la estela allí de su antigua luz, su presencia recordando que hubo otros tiempos; y que otros vendrán. Que la vida cambia pero permanece, que un hombre decidió exiliarse para evitar mayores sufrimientos al pueblo que le vio marchar y que éste ahora tiene prohibida su representación.

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Era el Tibet, por aquel entonces una tierra salvaje y feudal. Anticuada. Una tierra que desdeñaba del uso de la rueda por reconocer en ella el Dharma como un símbolo místico y religioso que no debe arrastrarse por el suelo ni desmejorarse con el polvo del camino. Y, con todos sus huevos, iban sin ruedas por la vida. Deslomándose vivos, pero así eran.

Mucho antes, nos contaban lugareños, rodeaban aquellas tierras verdes pastos y árboles frondosos por donde los caballos tibetanos, de una raza más fuerte y de robustas patas, eran domados y trotaban raudos. En épocas cálidas, por supuesto. Durante las heladas se ponía la cosa chunga.

¿Podían ser los tibetanos mejores de lo que eran? Si. ¿Se les podía enseñar caminos más modernos? Seguro. ¿Era necesario invadirles para ello? No viví esa época, pero lo dudo. Como dudo de la justificación de cualquier acto bélico, en general. Pero eso es cosa del pasado. La clave está en qué será del futuro. El daño pasado está presente, pero el futuro es siempre cambiante.

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Lhasa es una ciudad hermosa que ha adquirido las peores fealdades de la arquitectura China más unicelular, rancia, y menos tradicional. Menos cultural. Su barrio tibetano, el Barkhor, es en realidad un porcentaje mínimo del tamaño de la misma y nunca llegará a crecer, a pesar de que el resto de la población lo hace en todas direcciones y a pasos -excesivamente- agigantados.

Lhasa te recibe con los brazos abiertos y una sonrisa en los labios. No, esos militares que desbordan amabilidad por los cuatro costados (por los cinco, incluso), no. Esos lo hacen con la cara cuadrada. Cuando uno traspasa ese filtro gubernamental encuentra la ciudad real. Una ciudad donde tanto los tibetanos como los chinos son amables y risueños. Donde ambos te invitan a unirse a su ambiente y cultura, y donde, lamentablemente, no se soportan los unos a los otros.

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LhasatemplosTibet

  1. Vacacionchina
    Vacacionchina 21 abril, 2017, 07:23

    Tibet es un lugar misterioso de China con sus únicas culturas y costumbres. Vale la pena visitralo.

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